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Secretos de la tierna infancia

Algunos de los miles de secretos compartidos a través de los años en TuSecreto

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Tendría unos 6 años, llamó alguien para mi mamá y yo le dije, con un tono angelical: “No está, está cagando”.

Me robé un pedazo de fósil del museo de Jacobacci cuando era chico. Nunca me pude sacar el remordimiento, y eso que hice cosas peores.

Cuando era pendejo, tenía un compañero de banco que siempre me pedía los lápices. Cuando se los prestaba, me los mordía en la punta. Un día, pensando en cómo podía vengarme, agarré a mi gata y le metí el lápiz que siempre usaba el pelotudo este. Disfruté mucho la siguiente vez que lo mordió.

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Todos los cumpleaños me regalaban colonias “Paco”. Como tenía demasiadas, siempre las volvía a regalar en otros cumpleaños.

Todavía tengo guardado el libro Federico se hizo pis que me robé cuando iba al jardín de infantes.

Una vez, cuando tenía 5 años, estaba en un supermercado con mis padres y le pedí a mi vieja que me comprara una pelota. Como me dijo que le preguntara a mi viejo, fui corriendo a abrazarlo, para quedar bien y que me dijera que sí. Cuando lo abracé me di cuenta de que no era mi viejo… ¡Era un pelado barbudo, nada que ver!

En el jardín de infantes una chica que se llamaba Candelaria me pegó en la cabeza con un cubo de madera. Nunca más la vi, pero juro que con 23 años la sigo odiando.

Cuando tenía 6 años, durante el mundial ’78, tuve por un tiempo la pesadilla recurrente de que venían el gauchito del mundial y su compañera y enterraban viva a mi mamá y después a mí. Ahora que pienso, es loco que siendo el mundial ’78 un símbolo de los milicos, haya tenido ese sueño tan revelador. Igual ahora sueño pavadas, como todo el mundo. Mis quince minutos de gloria onírica pasaron y yo era muy chiquito para disfrutarlos.

Cuando estaba en primer año, muy dormido salí apurado hacia la escuela, y al entrar a clase me di cuenta que tenía puesto un zapato de cada color (uno marrón, otro negro). Había varios que se habían dado cuenta y se cagaban de risa, pero no me decían nada. Cuando sonó el timbre del recreo NO salí al patio, me quedé en mi banco tapándome los pies con la mochila. Fue el peor día de mi vida.

Cuando estaba en la primaria, un día nos dieron por consigna escribir una carta a nuestro/a mejor amiga/o. Como nadie me eligió, obligaron a una compañera a que me escribiera. Pensaron que no me había dado cuenta, pero para mí fue evidente y denigrante. Todavía no pude superar el golpe.

En la primaria me bajaba los pantalones y les mostraba el pitito a mis compañeras a cambio de figuritas. ¿No era prostitución eso?

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Repetí jardín porque la señorita decía que yo no sabía jugar y compartir. Tal vez piensen que les estoy mintiendo, pero este es un secreto que no lo sabe nadie y hasta el día de hoy me persigue el trauma.

Cuando era chica, en pleno invierno, me terminaba de bañar y antes de salir de la ducha, abría el agua fría (cuanto más helada mejor) y contaba hasta cien en silencio y con los ojos cerrados. Lo hacía por los niños pobres.

Cuando tenía alrededor de 7 años me escondí en el placard de mi casa para que mis viejos pensaran que había desaparecido. Estuve más de seis horas en pleno verano. Salí medio deshidratado y nadie se dio cuenta de que no estaba.

Mi abuela me hacía cómplice de sus robos en los supermercados y demás negocios. La vieja siempre se robaba algo y lo metía en mi bolsito.

Cuando era chiquita tenía una tortuga, le puse una correa como a los perros y salí corriendo para que me siguiera… La decapité, pobrecita.

Mami, los tampones no se te perdían, los usaba tu hijo menor como salvavidas para sus muñecos.

Cuando tenía 8 años tiré a mi tortuga de un cuarto piso con una bolsa de supermercado a modo de paracaídas. No sólo no funcionó, ¡sino que rebotó muy alto! Igual sólo perdió una patita, y era lo mismo, si total no hacía nada.

De chica, antes de dormir, le oraba a Dios y al Diablo al mismo tiempo. Los enfrentaba para que me demostrasen su poder, esperando que se pelearan entre ellos para ver quién me iba a tener de su lado en la Fe. El vencedor debía lograr que a la mañana siguiente tuviera el cuerpo de Nicole Neumann.

Cuando tenía alrededor de 10 años y grababa canciones de la radio me callaba porque pensaba que también se iban a grabar los ruidos.

Cuando iba a los cumpleaños, en el momento de explotar la piñata, me escondía por que me daba mucho miedo.

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